
Las maras, una amenaza para la seguridad pública de centro y norte América; inician a mediados de los sesentas en el sector este de Los Ángeles, California y a lo largo de los noventas surgen 300 pandillas, de ellas un 60% de los jóvenes pertenecen a la mara salvatrucha y el otro 40% forma parte de la mara 18, también conocida como M18.
Me llamo Miriam, soy de San Salvador. Cuando tenía 11 años comencé como miembro de la M18. Para ser aceptada en el grupo tuve que recibir una paliza durante 18 segundos. Recuerdo que fue algo brutal, estaba toda moreteada y sangraba; pero me levanté con una gran sonrisa por saber que iba a tener una familia, un grupo de hermanos que me iba a proteger. Desde ese momento la M18 decidió llamarme “La happy”.
Desde niña mi hermano mayor me agredía y mi mamá no hacía nada por impedirlo. Eso me motivó para abandonar mi casa y buscar un lugar donde me quisieran.
En la pandilla encontré cariño, sinceridad, protección, ellos me entendían y se convirtieron en mi familia.
Ahora tengo 26 años y soy miembro de un centro de rehabilitación para expandilleros y aunque ya no soy pandillera mi vida quedó atada a ese mundo.
En la actualidad el país más violento de Latinoamérica es San Salvador, principalmente por la presencia de las maras. Y para los mareros el mayor inconveniente es la falta de trabajo y educación. Esto los obliga a construir un mundo que les permita satisfacer todos sus vacíos.
Es posible que si la sociedad lograra ver el fenómeno de una forma distinta, la historia sería muy diferente y más personas podrían rehabilitarse y surgir como ciudadanos, al igual que “La happy”.
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